domingo, 7 de septiembre de 2008

CUENTO CORTO - LA VERDADERA FICTICIA - ALFREDO G.O.

Érase una vez, una ciudad de nombre Ficticia dominada por un sátrapa, un tirano, el mayor dictador que se recuerde, el inefable Grouchito Marxtuein. Se le consideraba un Dios y sus lacayos vivían para él.
María Vindicta era la encargada de ungirle costosos perfumes en los pies de su mentor, su gurú, su maestro y guía. y sus mayores orgasmos ocurrían cuando su Creador perdía la vista en lontananza totalmente satisfecho por las pródigas caricias que María le dedicaba. Cacasier era el que tenía la función más absurda, no osaba ni siquiera desatarle las sandalias pero debía desatárselas todos los días para lavarle los pies a su Divino Señor y finalmente calentarlos con sus mejillas en un extraordinario arrebato de pasión que provocaba los celos enfermizos de Obtuso.
Cada tarde cuando Dios se paseaba por los jardines para escribir sus obras inmortales, sus fieles lacayos se disputaban su atención y le recitaban sus más encendidos panegíricos que quedarán escritos a fuego en la historia de las adulaciones ciento por ciento merecidas.
María recitaba: maese, ¡¡ ojalá que no te mueras nunca ¡¡. si no, ¿¡ que lluvia ¡, ¡ que monzón ¡, ¡ que diluvio ¡ calmará nuestra sed, así como solo la calma tu sabiduría con que nos riegas a cada instante ? ¡¡ Ninguna maese ¡¡ ¡¡ Ninguna ¡¡ se escuchaba a un coro filial en los jardines.
Sintiéndose relegado Cacasier se infundía de la diosa inspiración y recitaba: ¡¡ maese, vive para siempre ¡¡, si no ¿ ¡ que sol ¡, ¡ que quasar ¡, ¡ que supernova ¡, iluminará nuestros caminos así como lo hacen tus consejos sabios, eruditos? un grito estallaba desgarrador, visceral, entrañable, respondiendo: ¡¡ ninguno maese ¡¡ ¡¡ ninguno ¡¡.
Y Obtuso tomaba aire y con las pocas neuronas que tenía declamaba: ¡¡ maese no nos faltes nunca ¡¡. ¡ Ofrézcome en sacrificio para tu eterna juventud ¡ Y sus otros lacayos luego de fruncir el entrecejo reaccionaban y gritaban: ¡¡ y a mí ¡¡ ¡¡ y a mí ¡¡. El rey sonreía y pensaba, con unos lacayos así viviré para siempre.
En esa ciudad se había abolido la ortografía, el Rey consideraba que era un vicio decadente de la sociedad pequeña burguesa. y se había decretado que los únicos autorizados para escribir bien eran el Rey Grouchito y sus lacayos. Nadie podía oponerse a la censura so pena de morir decapitado. La idea era pedir a los plebeyos que publicaran por escrito sus cuentos y en la plaza mayor leerlos uno por uno y denostarlos con escalpelo para hacer pasar la humillación, la ignominia, la vergüenza a sus autores y demostrarles que sus obras eran porquerías, basuras que provocaban sueño, que daban náuseas, y gritarles en público que ustedes plebeyos eran unos buenos para nada y que la intelectualidad era un sueño imposible. El plan mayor era impedir que los plebeyos accedieran a ser libres porque escribir es una de las mejores formas de serlo.
En una de esas tardes en que los adjetivos para el Rey Grouchito se excedieron, ocurrió un resplandor. Obtuso engendró repentinamente la diafanidad y le dijo al rey, pero maese aún no les hemos impedido “P E N S A R” a los vasallos y mientras piensen pueden ser libres. El Rey tembló de ira y de miedo. Es cierto, ¿qué podemos hacer para que esos hijos de puta ya no piensen? María en su laberinto dendrítico y astroglial dijo, hagamos un concurso ya no de cuentos sino de pensamientos escritos y burlémonos, insultémoslos delante de todos a esos indios de mierda para que no se atrevan a contradecirlo a usted maese, nuestro soberano Grouchito, nuestro norte, nuestro sur, nuestro este y nuestro oeste.
En el pueblo Termes había osado sublevarse hace 8 meses y fue decapitado e igual suerte corrió un foráneo de nombre Elí, quien tímidamente llegó al pueblo y les hizo ver que el tirano y sus lacayos no sabían ni escribir y que querían dominarlos de pensamiento, palabra, obra y omisión y que no debían dejarse humillar. Pero ya no había esperanza. Toda la gente aceptaba su destino como tal. Elí se rindió y antes de morir claudicó con una carta de sujeción a su nuevo Rey y con el estilo real (en ortografía) se despidió en una misiva que después el Rey ordenó se publique como escarmiento a todos esos maniáticos de la ortografía y otras pendejadas.
Cuando la cabeza de Elí voló por los aires, las ideas se derramaron de su cuerpo con un torrente cárdeno, ígneo dispuestas a sembrar otra vez el germen de la rebelión. Lo habían matado porque habían matado sobretodo sus ideas. El verdugo descubrió una carta entre las manos del asesinado. Decidió liberarla y en el sobre decía: "a mi Dios, Grouchito". Los lacayos, María Vindicta, Cacasier y Obtuso, inmediatamente se disputaron el honor inconmensurable de llevar esa carta a su Divino Hacedor. María fue decidió ser la elegida, después de algunos codazos y uñas como puñales. Le entregó la carta. En ella Elí decía:”hestimado Rey Grouchito, hantes de ver bolar mi cavesa por el acha del berdujo, dezeo qe me dizculpes porke no a cido mi hintencion hofenderte. maldijo la ora en ke hoce enfrentarme a tu grandesa, pido perdhon por todaz laz molestias que pudhe averte hocacionado y hencomiendo mi halma ha ti en la ezperansa de cómo my dioz me dez la vida heterna. perdhon o rei myo. hatentamente. heli.”
El Rey Grouchito, luego de leerla, espetó descorazonado: "le ayudo a morir a este indio de mierda, justo cuando ya había aprendido a escribir como yo".
Finalmente el Rey sacrificó a sus fieles lacayos y vivió para siempre.